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Hoteles con jacuzzi en Altea

Ya porque es el cruce perfecto de mar y montaña, porque tiene atardeceres que se salen de la postal y por su casco antiguo, Altea es una opción imperdible en la costa alicantina.

Se cree que su nombre pudo provenir de la voz griega althaia (“yo curo”). Así lo supieron en carne propia los muchos visitantes ilustres que decidieron afincarse aquí. Y ahora mismo una escapada con tu pareja a esta comunidad valenciana –suficientemente cercana y distante a Benidorm– puede ser la cura perfecta para el estrés acumulado durante el año.

Altea tiene unos cuantos rasgos distintivos que le han hecho ganarse fama. Tierra de artistas y artesanos por antonomasia, “la Reina de la Marina Baja", Altea sabe cobijar durante todo el año una miríada de fiestas populares (dedicadas a los santos, al mar…), durante las cuales brota la esencia de sus barrios más que pintorescos. En el Jardín de los Sentidos, un espacio botánico de más de 3000 metros cuadrados, abundan las hamacas y lugares para sentarse a contemplar las escenas paradisíacas que se arman entre la vegetación y los pajaritos.

Vista de la población de Altea desde el mar

Además de aquella que remite a su don de curar, la otra etimología que se le sospecha apunta a la palabra árabe “attalaya”. No es de extrañar entonces que la localidad ofrezca vistas impresionantes. Altea se recorta delante de la Sierra Bernia y frente al Mediterráneo, ocupando sus lomadas con tanta gracia que cualquiera diría que no hay mejor manera de hacerlo. La cumbre de sus ondulaciones se encuentra en el campanario de la iglesia dedicada a la Virgen del Consuelo, con sus dos preciosas cúpulas de tejas azules. La plaza contigua nos ofrece una panorámica inmejorable de toda la comarca. Alrededor se emplaza el casco antiguo, donde destaca la Torre de Bellaguarda (que antiguamente era la torre de vigía). Calle abajo está el Paseo Marítimo, un racimo de miradas hacia este arquetípico pueblo mediterráneo con sus casas blancas y su bahía. Descendiendo aún más, el puerto, la zona de los pescadores y una playa que se alarga a través de seis kilómetros entre calas y acantilados. Algunas de sus playas más renombradas son Cap Blanch (la mayor, que se funde con la playa del Albir, la tranquilísima Cap Negret y la Olla, que debe su nombre a las aguas que en pleno invierno empiezan a bullir, como en un juego de espejos con el jacuzzi que os espera en vuestra propia habitación.